jueves, 21 de abril de 2011

Rumbo al exilio

No es que lo de ayer no fuese esperable, pero no por esperado lo llevo mejor. Me refiero a ese nacionalismo exacerbado que me pone de los nervios. Ya antes del partido el ambiente estaba muy caldeado. Después del partido, Twitter se llenó de de mensajes con el asunto "la copa de España se queda en España". No fui a la Cibeles (ni ganas) pero puedo imaginarme el tono de los cánticos y gritos que por allí debían sonar. Parece que son mayoría, y si no son mayoría, son los que más ruido hacen, así que creo que voy a partir rumbo al exilio.¿ A dónde? Ni idea, creo que me iré a Barajas y pillaré el primer vuelo que salga y cuanto más lejos mejor. Sí, sí, ya sé que seguramente allá donde caiga también habrá situaciones parecidas (aunque me cuesta trabajo creer que tan acentuadas como aquí) pero, al menos, seré extranjero y permanecere ajeno al problema.

No soporto los nacionalismos, perdón, no soporto los nacionalismos excluyentes. Me gustan los nacionalismos incluyentes, aquellos que defienden la diversidad de lenguas, culturas, tradiciones, su riqueza, como una forma de contribución a la riqueza colectiva. Aquellos que te cautivan, que te atraen. No me gustan los nacionalismos excluyentes que imponen y someten. Me gusta que me hablen en catalán y hacer un esfuerzo por entenderlo, leer en gallego sin tener que usar un traductor automático. No me gusta que se impongan cosas por ley. No me gusta que me hablen en catalán, gallego o euskera sólo porque mi interlocutor sabe que soy de la meseta y no lo entiendo y así me demuestra su superioridad cultural y su orgullo patrio. No, no me gusta. Cuando voy por la calle y alguien me pregunta en otro idioma le contesto en el mismo, si es que lo conozco, no me parapeto en mi español para demostrarle que está en mi territorio. No, el lenguaje es algo para comunicarse no para separar.

Los nacionalismos excluyentes solo pretenden imponer. Son agresivos. Actúan de agresor o de víctima,  según el momento, pero de víctima que a la mínima aprovecha su oportunidad para tornarse en agresor a su vez. Son irrespetuosos, todos sus argumentos se basan en en la descalificación sistemática del otro. No, no los puedo soportar. El día está gris y a mí el corazón se me pone gris cuando escucho todas las sandeces que se soltarón ayer. Mi intelecto sufre. En el siglo XXI seguimos aún defendiendo nuestra caverna. ¿A dónde han ido tantos siglos de evolución?

Tenemos un problema de educación y no me refiero a la acostumbrada mala clasificación de España en el informe PISA. No, tenemos un problema de educación en valores, de educación en respeto a los demás y a sus ideas. No sabemos aceptar que el prójimo no tiene por qué pensar como nosotros pero que dentro de un espíritu civilizado todos podemos convivir. Que las cosas se pueden hablar y que si no estamos de acuerdo no hay que saltar inmediatamente al insulto y la descalificación. Tenemos un problema de educación porque estas cosas se aprenden en la escuela y en la familia cuando uno es pequeño. Pero está claro que no hay interés. Los nacionalismos tienen su toque populista. Las agresiones centralistas o las veleidades separatistas tienen mucho más tirón que tener que hablar de los problemas reales. Un buen exabrupto nacionalista tapa cualquier cosa sin problemas. Es fácil.

Es un problema estructural. No tiene solución y por eso he decidido exiliarme a algún sitio donde pueda ser espectador y no actor. Supongo que con el tiempo terminaré por involucrarme y, allá donde sea, me volverá a pasar lo mismo. Entonces volveré a emigrar y me convertiré en un nómada apátrida. Eso sí, llevaré a mis espaldas toda mi cultura y la de todos aquellos sitios por los que haya pasado y me dedicaré a repartirla a todo el que la quiera conocer.

Afortunadamente, aún florecen rosas en este país. Con esto del Twitter me he vuelto seguidor de Antón Losada. Con el me rio unas cuantas veces al día. Comparto algunas de sus ideas, no todas, pero no pasa nada. No me gusta leer a gente que sea un clon de mi pensamiento. En la diversidad está la riqueza. Pues bien, Antón, gallegista donde los haya, ha comenzado a escribir algunas entradas de su blog en castellano para que muchos solo-castellano parlantes podamos leerlo con más facilidad. Un aplauso Antón. A ver si con tu ejemplo conseguimos que el jardín se nos llene de rosas y los cardos borriqueros desaparezcan para siempre.

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